Trastornos del sueño en los niños

El sueño es una función biológica esencial para el crecimiento, el desarrollo neurológico y el bienestar emocional de los niños. Sin embargo, los trastornos del sueño son más frecuentes de lo que suele creerse y, en muchos casos, pasan inadvertidos o se minimizan como “etapas” normales del desarrollo. Desde la pediatría hospitalaria se advierte que dormir mal de manera sostenida puede tener consecuencias significativas en la salud física, emocional y cognitiva en la infancia y adolescencia.

¿Qué es un trastorno del sueño en la infancia?

Se habla de trastornos del sueño cuando las dificultades para dormir son persistentes, afectan la cantidad o la calidad del descanso y repercuten en el funcionamiento diario del niño y su familia. Entre los más frecuentes se encuentran:

• La dificultad para conciliar el sueño.

• Los despertares nocturnos repetidos.

• El sueño insuficiente para la edad.

• El sueño fragmentado o poco reparador.

• La somnolencia diurna excesiva.

• Las parasomnias, como terrores nocturnos o sonambulismo.

Estas alteraciones pueden aparecer desde los primeros años de vida y presentarse de manera diferente según la edad.

¿Cuántas horas deben dormir los niños?

Las necesidades de sueño varían según la etapa del desarrollo, pero existen rangos orientativos:

– Los lactantes: entre 12 y 16 horas diarias.

– Los niños en edad preescolar: entre 10 y 13 horas diarias.

– Los escolares: entre 9 y 11 horas diarias.

– Los adolescentes: entre 8 y 10 horas diarias.

Dormir menos de lo recomendado de forma crónica puede afectar funciones clave como la atención, la memoria, el aprendizaje y la regulación emocional.

Factores que alteran el sueño

Los especialistas en salud infantil señalan que los trastornos del sueño suelen ser multifactoriales. Entre los principales factores que influyen se destacan:

Los cambios en las rutinas: durante las vacaciones o los períodos de menor estructura diaria es frecuente que los horarios se desorganicen. Acostarse y levantarse a horas variables dificulta que el organismo mantenga un ritmo sueño-vigilia estable.

El uso excesivo de pantallas: la exposición a pantallas antes de dormir interfiere con la producción de melatonina, la hormona que regula el sueño. Además, los estímulos visuales y sonoros generan activación y dificultan la conciliación del descanso.

Las condiciones ambientales: el calor, el ruido y la iluminación inadecuada pueden alterar la calidad del sueño, especialmente en los meses de verano.

Los factores emocionales: la ansiedad, los miedos, el estrés o los cambios familiares pueden manifestarse a través de dificultades para dormir, incluso en niños pequeños.

Los problemas médicos crónicos, incluyendo algunas enfermedades respiratorias, neurológicas, gastrointestinales o el dolor crónico pueden afectar el descanso nocturno. 

Es importante que las familias consulten con el equipo de salud cuando se observan distintas señales de alerta como dificultades para dormir que persisten más de tres semanas, ronquidos intensos o pausas respiratorias durante el sueño, despertares frecuentes con llanto o confusión, somnolencia excesiva durante el día y cambios marcados en el comportamiento o el rendimiento escolar. El abordaje temprano permite descartar causas orgánicas y evitar que el problema se cronifique.

Consecuencias de dormir mal

Dormir poco o mal no solo genera cansancio. En la infancia, el sueño cumple un rol clave en procesos biológicos y emocionales, y la falta de él puede provocar irritabilidad y cambios de humor, dificultades de atención y concentración, bajo rendimiento escolar, problemas de conducta, mayor susceptibilidad a infecciones y alteraciones en el crecimiento y el metabolismo.

En los adolescentes, además, la privación de sueño se asocia con mayor riesgo de accidentes, consumo problemático de pantallas y trastornos emocionales.

El rol de los adultos y los hábitos saludables

Desde la pediatría hospitalaria se destaca que los hábitos de sueño se aprenden y que los adultos cumplen un rol central en su regulación. Algunas recomendaciones clave, conocidas como “higiene del sueño”, que suelen ser el primer paso en el tratamiento de muchos trastornos del sueño, incluyen establecer horarios regulares para acostarse y levantarse, crear rutinas previas que sean tranquilas y previsibles, evitar pantallas al menos una hora antes de acostarse, mantener el dormitorio oscuro, silencioso y con temperatura adecuada y promover actividades físicas durante el día, evitando la estimulación intensa por la noche. 

El abordaje de estos trastornos requiere una mirada integral que contemple aspectos físicos, emocionales y familiares. En hospitales pediátricos de alta complejidad, como el Garrahan, el trabajo interdisciplinario permite evaluar cada caso de manera individual, acompañando tanto al niño como a su entorno.

Fuentes:

– Hospital Garrahan.

– Guías clínicas y recomendaciones para familias y profesionales de la salud.

– Sociedad Argentina de Pediatría (SAP) – Subcomisión de Sueño Infantil.